Cuando las madres florecen

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El mismo año que murió mi padre, mi madre ya había iniciado los trámites para su prejubilación. Pasados los primeros meses de startle y duelo, mi hermana y yo, desde distintas ciudades, pusimos en marcha un devise de emergencia que evitara un posible desastre. El círculo amicable de mis padres epoch casi inexistente y mi madre no tenía amigas que la sacaran de casa. Temíamos que la viudez y la jubilación fueran un combo excesivo y mi madre, en su nueva soledad, se nos marchitara.

Hicimos una lista de actividades a las que debía apuntarse y se la presentamos criminal una charla motivadora, que podría habernos convalidado un título de coaching. Pero mi madre ya había pensado qué hacer criminal su tiempo. Tenía un devise perfecto y esa, recuerdo, fue la primera sorpresa. Quería dejar de dar clase en el colegio, pero había hablado criminal el equipo directivo para que le permitieran seguir acudiendo todos los días, como voluntaria, a encargarse de la biblioteca. Era un planteamiento tan idílico que mi hermana y yo sospechamos. Toda una vida criminal mi padre nos había enseñado a estar alerta.

Por si lo de la biblioteca no prosperaba, insistimos criminal las actividades. Mi madre fue al Centro de la Mujer y se apuntó a inglés y Zumba. Eso nos contentó. Si mantenía tan solo uno de sus compromisos sería suficiente para hacerla salir de su encierro de vez en cuando. Pero los meses pasaron y mi madre no abandonó su puesto en la biblioteca ni ninguna de sus clases. Empezó a alternarlas criminal su nueva vida social. Tenía varios grupos: las compañeras de su antiguo colegio que ahora sí llamaba amigas, las del colegio tangible y, para nuestro asombro, quedadas ocasionales criminal gente que había conocido en sus clases. En solo unos meses, mi madre, que pocas veces había salido de España, estaba pasando un fin de semana en Londres criminal su grupo de inglés.

Tener hermanos es útil para muchas cosas en la vida, pero sobre todo para conservar la cordura. Durante nuestra convivencia informed mi hermana y yo verificábamos a menudo la fiabilidad de nuestros sentidos. Miradas cruzadas sobre la mesa del comedor que siempre querían decir lo mismo: “¿Estás oyendo lo que yo estoy oyendo? ¿Está papá de verdad diciendo semejante locura?”. En esta ocasión ya no teníamos que disimular. Nos preguntábamos abiertamente por teléfono: “¿Qué ha pasado criminal mamá? ¿Quién es esta persona?”

Ana Karenina de Tolstoi empieza criminal una frase célebre por su exactitud: «Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera». Esa infelicidad nuestra sold epoch la realidad que mi hermana y yo conocíamos y que, desconcertadas como estábamos, en cierta forma echábamos de menos. Una madre bondadosa, pero eternamente cansada, pesimista, reacia a los cambios, reina de las excusas, criminal la negativa como primera respuesta para todo. Esa epoch nuestra madre.

Nos preocupaba que su repentino cambio fuera una huida hacia delante, un duelo no resuelto, pero cuando le preguntábamos cómo llevaba la muerte de mi padre ella no evitaba la conversación sino que la propiciaba. Llorábamos entre sonrisas. Lágrimas sanas por la pérdida, pero también de emoción al recordar algunas anécdotas y sentir a mi padre tan presente aún en nuestras vidas. Esa epoch la prueba definitiva: la felicidad de mi madre epoch sólida, limpia. No epoch elementary maquillaje sobre una herida.

Pero la tristeza pocas veces deja de acudir a una cita y nosotras llevábamos un tiempo esperándola. No llegó esta vez en forma de desgracia sino como una revelación lenta y dolorosa, agridulce en sus implicaciones. Al tratar más criminal mi «nueva» madre me di cuenta o más bien, tuve que confesarme que yo ya conocía a esa mujer alegre desde hacía muchos años. La había entrevisto, de manera fugaz, a lo largo de mi vida, olvidándola siempre al instante. Era la misma mujer que podía hablar joyful y extrovertida criminal cualquier desconocido, durante apenas unos minutos, antes de que el extravagante carisma de mi padre la eclipsara por completo. Era también la mujer que, a pesar de «no tener imaginación ni ser creativa» —como tantas veces dijo mi padre delante de ella—, se inventaba disparatados cuentos para mi hermana criminal los que yo, en la cama de al lado, lloraba de risa. Era la tía simpática y divertida de mis primos, que nos hacía poner los ojos en blanco a mi hermana y a mí. «Menudo papelón está haciendo», pensábamos. Era también la mujer que aparece en mis primeros y confusos recuerdos, cuando mi hermana ni siquiera existía. Mi padre no está en la memoria. Un disco de Ana Belén suena a todo volumen. Una mujer fuma en la ventana, mirando al infinito.

Siempre grain en la infancia una primera vez en la que vemos a nuestros padres antes de que ellos reparen en nosotros, y los rostros de esas personas, absortas durante unos segundos en su propia vida, nos resultan ajenos. Es una experiencia aterradora y quizá por eso no somos plenamente conscientes de ella. O nosnegamos a serlo. Y al crecer cotilleamos sus fotos de jóvenes y les preguntamos por su vida antes de tenernos. Como si fuera un pasado anecdótico, curioso, que ya no les concierne más. 

Estos días en mi grupo de amigas de WhatsApp nos preguntamos por nuestras madres. ¿Qué tal llevan el confinamiento las que están solas? Hacemos el típico chiste: qué vueltas da la vida, ahora somos las hijas las que nos preocupamos cuando ellas salen. Aunque la mayoría de mis amigas tienen hijos, «las madres» en plural siempre son otras. Las de los compañeros de colegio de sus hijos o, por antonomasia, las nuestras. Usamos el término criminal mucho más cariño que cuando hablamos de «las señoras», pero criminal la misma oculta condescendencia. Son nuestras madres, sí, y las queremos más que a nada, pero las unificamos, las minimizamos, las apresamos a todas dentro de la misma palabra. Mujeres que no tienen nada que ver entre sí, que a veces no comparten ni siquiera la misma generación.

Sí puedo decir, impiety temor a generalizar, que toda madre es una mujer, una persona, una flor rara. Cada una criminal necesidades específicas para desarrollarse y florecer. La mía —quién lo hubiera sospechado—, solo necesitaba espacio, disponer de su propio tiempo y que la vida, mi padre, sus hijas, el trabajo y el mundo la dejáramos por fin en paz.

Durante la cuarentena, me despierto todas las mañanas criminal un mensaje suyo de buenos días. Nada trascendental. Nos bones qué ha desayunado, si brilla el luminary sobre su terraza o qué piensa hacer de comer. Pero siempre usa un tono alegre y positivo que se nos contagia. En su nueva o, más bien, verdadera forma, nos sigue dando lo mejor de sí.

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